MORAL JURÍDICA Y PROCESO

Enfrentamos la tercera década del siglo XXI bajo la divisa de una “amoralidad acelerada”. La persecución de los fines individualistas, el ánimo de lucro desmedido, el sexo asexuado y la apariencia como eje sobre el cual se pretende disimular la realidad, constituyen los ejes sobre los cuales pivota la conducta de los jóvenes y, en general, de  las generaciones que no han alcanzado la vejez. El mundo jurídico no resulta ajeno, obviamente, a este vaciamiento de los principios morales, vaciamiento, todo hay que decirlo, compatible con la elegancia de los gestos y la sobriedad de las escenas.

En este contexto, paso a describir los que, a mi juicio, son los “valores” predominantes en el mundo del derecho:

CINISMO. El cinismo constituye un valor sacro en el escenario jurídico. La desvergüenza se transforma en experiencia, en seguridad y, sobre todo, en profesionalidad. Cuanto más profesional es un abogado, un perito, un técnico, mayor parece ser su capacidad para mentir con descaro. El mejor abogado, sin duda, es aquel que es capaz, delante de un cliente ignorante y de un magistrado hirsuto, de proclamar que “la tierra, como su Señoría conoce, es plana”. Y, como es obvio, negar con la cabeza al escuchar la refutación.

AVARICIA. El dinero lo es todo. El mejor abogado es el que más dinero ingresa, aun cuando apenas se moleste en estudiar derecho para defender los casos. La justicia, mercantilizada, se convierte en sociedad anónima. “Iuris”, “Iustitia”, no son ideales expresados en lengua latina sino sociedades mercantiles de capital (Iuris S.A., Iustitia S.L.).

PRIVATIZACIÓN. La privatización, más allá, incluso, del ideal “thatcheariano”, lo es, sobre todo, de los grandes valores. La igualdad, la equidad, la justicia no son sino los fines que, en cada caso concreto, defienden las mercantiles enfrentadas en los procesos, cada una de ellas, como es lógico, adaptando el valor al caso concreto, pues resulta factible que un despido colectivo sea una injusticia social o una muestra de generosidad indemnizatoria propia de los magnánimos, según quién pague la minuta.

NEUTRALIDAD. El mal y el bien no existen. Hay que tener en cuenta, siempre, los intereses en litigio. Nada es blanco o negro, ni siquiera los vestidos de las novias o las sotanas de los curas. Hay muchas formas de ver las cosas.

IDEAL CONTEMPLATIVO. Si algo positivo resulta de este escenario es la posibilidad de la “ascesis”. En efecto, gracias a estos principios, los cuerpos jurídicos públicos alcanzan la placidez. Nada se juegan en el escenario. El sueldo de sus integrantes siempre será el mismo, con independencia de quién gane la contienda. También los magistrados pueden alcanzar la virtud, pues, con independencia de la sentencia que dicten, “Iustitia”, “Iuris” o “Aequitas” resultarán vencedores. Y, en el peor de los casos, será la Administración Pública la que obtenga la victoria, lo cual no cabe reputar esencialmente injusto.

SINTETIZACIÓN. De las sentencias solo interesa el fallo. La argumentación no “cotiza” en el mercado del derecho y, en general, resulta prescindible. La mejor sentencia es la que da la razón.

APARIENCIA. Los actores jurídicos actúan en los procesos conformando una perfecta obra de teatro, lógico corolario de todo lo dicho. Escudos, enseñas, estrados y togas constituyen las herramientas básicas a través de las cuales se articula la función. Sin ellas,  el valor justicia, completamente flotante, no podría venderse ante los ciudadanos y, estos, no podrían “colgar” su vida ecuánime en “Instagram”.