HOLBACH: UN PRECURSOR

Un teólogo, probablemente una buena persona con ideas terraplanistas, califico con sobresaliente este trabajo dedicado a uno de lo miembros más destacados de la Ilustración Radical.

Introducción

  Con el término Ilustración, por lo demás impreciso e inadecuado, se define el movimiento intelectual de alcance mundial que tiene lugar a finales del siglo XVIII con importantes consecuencias sociales y políticas. Este período se caracteriza por su fe en la racionalidad humana y por un temperamento crítico, escéptico, empírico y práctico.

Tiende a presentarse la Ilustración como un movimiento relativamente homogéneo que proclama la libertad del hombre, critica la servidumbre que deriva de la autoridad y exige la educación como instrumento a través del cual los hombres pueden alcanzar dicha libertad. “¡Sapere aude! ¡Atrévete a saber! Nos dirá Kant en su breve ensayo Qué es la Ilustración. Sin embargo, hubo dos corrientes ilustradas claras y en pugna: la denominada moderada, que postula un equilibrio entre la razón y la tradición apoyando ampliamente el statu quo, y la radical, que fundía cuerpo y mente y consideraba la religión como pura superstición (Jonathan Israel,28, 2015). Pero la Ilustración radical va más allá del mero ateísmo y proclama como valores la democracia, la igualdad sexual y racial, la libertad completa de pensamiento y el Estado secular(Jonathan Israel,7,8 2015). Mientras la Ilustración moderada defendía el principio aristocrático, la radical afirmaba el principio democrático. Al mismo tiempo que los moderados gozaban del favor de los monarcas, los radicales publicaban sus obras con seudónimos o sufrían la censura, inclusive la autocensura. En la primera destacan autores como Montesquieu, Hume y Voltaire; en la segunda mentes como las de Diderot, D´Holbach o Helvetius.

  El objetivo del presente trabajo es poner en valor una de las obras más importantes de la Ilustración radical. Y es que, a pesar de que D´Holbach apenas ocupa unas pocas líneas en cualquier historia de la filosofía, entiendo que su Sistema de la naturaleza reviste mayor importancia de la que, a menudo, se le ha dado en los círculos académicos. Para alcanzar este objetivo, y tras realizar unos breves apuntes sobre la biografía y obra de Holbach, abordaré las principales ideas de su Sistema. Sobre la base de ellas, y de la bibliografía estudiada, que se cita a lo largo del trabajo, realizaré las oportunas conclusiones con la finalidad de justificar mi tesis.

1.      Breve esbozo biográfico

  D´Holbach nace el 8 de diciembre de 1723 en Edesheim, el Palatinado alemán. Su infancia transcurre entre viñedos y casas de madera. Hijo de un acomodado viticultor, su vida cambia decisivamente cuando el barón Franz Adam d´Holbach, tío suyo, le adopta en 1728. Rebautizado como Thiry d´Holbach, el niño muestra un gran interés por las ciencias. A los 12 años su tío le lleva a París, donde aprenderá francés. En 1744 ingresa en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, la institución educativa europea más importante, por delante de Oxford y Cambridge que, “si hemos de creer a Samuel Johnson, eran básicamente lugares donde los hijos de los ricos iban a emborracharse” (Philipp Blom, 65, 2018). En 1748 o 1749 regresa a París llevando consigo una mentalidad radical y unos sólidos conocimientos científicos. Se casa en 1750 con Basile Geneviève Suzanne d´Aine, pariente suya, enviudando tres años después. En 1755 se casa con la hermana de su primera mujer.

  Escribe frenéticamente, miles de páginas, y colabora en diversos artículos de la Encyclopedie. Su salón es famoso en toda Europa. Por él pasarán los personajes más importantes intelectualmente, desde Buffon a Hume, pasando por Beccaria, Adam Smith o Condorcet. Publica gran parte de su obra bajo seudónimos. Muere en París en 1789. En 1820 su amigo Naigeon pone en conocimiento público la lista de escritos del barón publicados bajo seudónimo.

2.      Obra

  Siguiendo a Onfray (Michel Onfray, 223, 2010)  podemos distinguir tres momentos teóricos en la obra de Holbach. El primero persigue la deconstrucción de la religión y del cristianismo en particular. En 1761 publica el Cristianismo al descubierto. En 1767 el Diccionario resumido de la religión cristiana. Tres años después la Historia crítica de Jesucristo.

  La primera de las obras citadas, publicada con el seudónimo de Boulanger, constituye un furibundo ataque contra la religión. “El medio más seguro de engañar a los hombres y perpetuar sus perjuicios es engañarlos desde la infancia. En casi todos los pueblos modernos, la educación parece tener como único objetivo formar fanáticos, devotos y monjes, es decir, hombres nocivos e inútiles para la sociedad” (Holbach,24 2017). La idea de la religión como engaño se repetirá a lo largo de su obra.

  La segunda etapa de su obra pretende la elaboración de un materialismo sensualista y ateo. A esta etapa pertenece su obra más importante, el Sistema de la naturaleza, del que hablaremos más adelante.

  El tercer momento recoge la propuesta de una política eudemonista y utilitarista. A esta etapa pertenecen su Sistema social, Política natural y Etocracia.

  El conjunto de la obra de Holbach es difícil de valorar. Con razón se la ha tachado de fatigosa y reiterativa, de carecer de una sistemática. Sin embargo, me quedo con la conclusión que vierte el profesor Bermudo en el epílogo del Sistema de la naturaleza. Para este filósofo, “la filosofía de Holbach no es la de un profesor que persigue una cátedra en la Universidad alemana a principios del siglo XIX o que elabora una tesis en 1980: es un texto que recoge, ordena y coordina ideas en una síntesis que pasa a ser una visión del mundo utilizable en su tiempo como arma de combate (…). Si se lee sin prisa y sin prejuicios para pensar o repensar los temas planteados, tiene sabor a contemporánea”(Holbach, 654, 2016).

3.      El Sistema de la naturaleza

  La publicación del Sistema de la naturaleza en 1770 bajo el seudónimo de Mirabaud causó un gran revuelo. Condenada y quemada por la Iglesia en diversas ocasiones, la mera circunstancia de que fuera contestada con tanta vehemencia constituye un elemento que permite afirmar su importancia. No en vano, la obra “llevó a Voltaire a reconsiderar todas sus posiciones filosóficas y a reorganizar su estrategia polémica, llevándole en su última década a desplazar su atención desde casi todo, rebajar su ataque al cristianismo y concentrar sus ataques en el spinozismo, el ateísmo y el materialismo” (Jonathan Israel,180 2015). Y es que la Ilustración de la única sustancia, la radical, ponía en cuestión la religión, agostando sus cimientos. Así, “la Ilustración blanda de Kant y Voltaire era muy acorde con los valores burgueses. Se celebraba la razón, pero se la dejaba confinada a la ciencia, donde no amenazaba con violar el terreno sagrado de la religión” (Philipp Blom,406, 2018). Por el contrario, la Ilustración radical amenazaba directamente el orden social y político.

El voluminoso Sistema de la naturaleza empieza con una declaración de principio: “los hombres se equivocarán siempre que abandonen la experiencia por sistemas alumbrados por la imaginación” (Holbach,29, 2016). El hombre es un ser puramente físico cuyo desconocimiento de la naturaleza le lleva a creer en seres imaginarios. “Es un todo que resulta de las combinaciones de ciertas materias dotadas de propiedades particulares” (Holbach,35, 2016) y un instrumento pasivo en manos de la necesidad, necesidad que no es sino el lazo infalible que existe entre las causas y los efectos. Cuando aquellas no nos son conocidas, cuando ignoramos las causas naturales que producen los efectos, utilizamos impropiamente la palabra azar, a partir de la cual vertebramos la idea de un Dios, causa oculta de los efectos que vemos. “Los hombres solo emplean la palabra Dios cuando el juego de las causas naturales y conocidas deja de ser visible para ellos” (Holbach,274, 2016), de modo que el principal enemigo del ser humano es el desconocimiento, que hay que combatir, pues “si la ignorancia de la naturaleza dio luz a los dioses, el conocimiento de la naturaleza está hecho para destruirlos” (Holbach,279, 2016). Las pruebas sobre la existencia de Dios no poseen la más mínima consistencia, constituyen meros juegos de prestidigitación. Por otro lado, el hecho de que la mayoría de los hombres posea creencias religiosas no es un argumento en favor de la existencia de Dios, pues “antes de Copérnico no había nadie que no creyera que la Tierra estaba inmóvil y que el Sol daba vueltas a su alrededor (Holbach,323, 2016). Asimismo, para Holbach, “la prueba más poderosa de que la idea de la divinidad está fundada en un error es que los hombres han llegado a perfeccionar poco a poco todas las ciencias que tenían por objeto alguna cosa real, mientras que la ciencia de Dios es la única que nunca ha sido perfeccionada” (Holbach, 320, 2016).

 No deja de sorprenderle a Holbach con qué facilidad se engaña el hombre al afirmar su superioridad con respecto al resto de seres de la naturaleza. Así, para Holbach, “el hombre no tiene razones en absoluto para creerse un ser privilegiado en la naturaleza, está sometido a las mismas vicisitudes que sus otros productos” (Holbach,86, 2016). En esta línea de pensamiento, es probable que debamos observar la influencia de Buffon, un visitante habitual de la Rue de Royal, para quien, probablemente, “los humanos son meros simios que se distinguen de los seres peludos encerrados en jaulas del Jardín du Roi no por la especie a la que pertenecen sino solamente por matices imperceptibles” (Philipp Blom, 101, 2018). Sin duda, no puedo dejar de subrayar el carácter profético de esta afirmación, singularmente después del desciframiento del genoma humano, genoma que pone de manifiesto que compartimos con los chimpancés el 99% de los genes.

  Supuesto el hombre como ser material en manos de la necesidad, resulta absurdo y contrario a todo espíritu científico suponerle dos sustancias, una física y otra espiritual, pues un ser privado de extensión carece de la propiedad del movimiento, de modo que no cabe sino ver contradicción y, por consecuencia, imposibilidad, en una sustancia espiritual móvil. La sensibilidad no es producto del espíritu sino de nuestro organismo, “sentimos con la ayuda de nervios que se extienden por nuestro cuerpo, el cual no es, por así decir, sino un gran nervio parecido a un gran árbol, cuyas ramas experimentan la acción de las raíces comunicada por el tronco” ((Holbach, 95, 2016). A continuación, siguiendo a Locke, distingue entre la sensación, que no es sino una sacudida dada a nuestros órganos, la percepción, que es esta misma sacudida propagada hasta el cerebro, y la idea, que es la imagen del objeto que da origen a la sensación y la percepción (Holbach,98, 2016).

  La propia esencia material del hombre, las distintas combinaciones de materias que lo constituyen, introduce entre ellos la desigualdad. Los hombres son desiguales, si bien dicha desigualdad no es vista como negativa por el barón sino que, muy al contrario, contribuye a sostener la sociedad, convirtiendo a los hombres en necesarios unos para otros, todo ello en el bien entendido de que para que así ocurra, para que los hombres sean útiles unos a otros, debe repudiarse todo sistema moral basado en la espiritualidad, pues “el dogma de la espiritualidad del alma ha convertido la moral en una ciencia conjetural que no nos permite conocer en absoluto los verdaderos móviles que deben emplearse para actuar sobre los hombres” (Holbach,108, 2016). Los remedios espirituales son, en el mejor de los casos, inútiles, en el peor, directamente dañinos. El hombre no es ni bueno ni malo; lo serán, en todo caso, las leyes o la educación bajo la cual se desarrolle. Sin embargo, ¿el hombre es libre? ¿acaso la negación de Dios no conduce a un determinismo mecanicista que anula su voluntad? Esa parece ser la conclusión de Holbach para quien “las acciones de los hombres nunca son libres, son siempre consecuencias necesarias de su temperamento, sus ideas recibidas, las ideas verdaderas o falsas que se hacen de la felicidad, sus opiniones reforzadas por el ejemplo, la educación y la experiencia diaria” (Holbach,159, 2016). Sin embargo, es probable que se haya exagerado intencionadamente el determinismo biologicista de Holbach sin hacer mención o sin detenerse en el determinismo social. En efecto, según mi criterio, el barón cree y sostiene que un cambio en la educación producirá efectos positivos en el ser humano, sin que ello suponga contradecir la esencia material del hombre. Así, “Holbach postula la fuerza de una razón bien conducida a manera de motivo capaz de invalidar los otros motivos, la razón actúa como antídoto del determinismo” (Michel Onfray,251, 2010). Esta idea se ve reforzada por la reflexión que hace el barón sobre Newton, un genio que, víctima de una educación llena de prejuicios “no es más que un niño cuando sale de la física y de la evidencia para perderse en las regiones imaginarias de la teología” (Holbach,352, 2016).

  Tras el examen del libre albedrío, el barón afirma su utilitarismo y la necesidad de conservación de la sociedad a través de las leyes, cuya finalidad es el interés general preservando la propiedad y la seguridad. No se le escapa a Holbach el concepto de injusticia, si bien antepone la aplicabilidad de las leyes. Efectivamente, nos dice, “la ley es injusta cuando castiga a quienes no ha dado educación ni principios honrados ni ha impulsado a adquirir las costumbres necesarias para la conservación de la sociedad” (Holbach,175, 2016). Llamar justicia a un sistema que condena a los más débiles a muerte por robar una escasa porción de los superfluo al rico no es sino manifestación de hipocresía. “La ley, caprichosa y arbitraria determinó por sí sola lo que era honrado, la jurisprudencia fue inicua y parcial, la justicia tuvo su venda ante los ojos solo para los pobres” (Holbach,416, 2016) Una horrible iniquidad. Iniquidad que, no obstante, no le impedirá en Etocracia, justificar la pena de muerte, contrariando, así, la doctrina de Beccaria, uno de los invitados a su salón, en la obra De los delitos y las penas.

  Para Holbach, la religión no es sino un engaño a través del cual los monarcas y sacerdotes alienan al pueblo. Si los gobiernos actuaran con justicia no necesitarían someter a sus súbditos con fábulas. El súbdito, que no hace sino ver que el crimen es premiado y la virtud castigada, no puede sino llegar a la conclusión de que el vicio es un bien y la virtud un sacrificio personal, como propiamente podría concluir un ciudadano de nuestro tiempo al observar cómo, en múltiples ocasiones, el corrupto poderoso resulta premiado y las instituciones que preconizan la virtud son ejemplo de depravación. Y es que, como afirma Holbach, en la conclusión de la primera parte del Sistema de la naturaleza, “los errores del género humano proceden de haber renunciado a la experiencia, al testimonio de los sentidos y a la recta razón para dejarse guiar por la imaginación, a menudo engañosa, y por la autoridad, siempre sospechosa” (Holbach,259, 2016). Esta autoridad, representada en el ámbito religiosos por los sacerdotes, prohíbe a los hombres razonar y los confunde con conceptos abstrusos. No cabe dudar de que “los primeros que tuvieron la osadía de decir a los hombres que en materia de religión no les estaba permitido consultar su razón ni los intereses de la sociedad se propusieron, evidentemente, convertirlos en juguetes o instrumentos de su propia maldad” (Holbach,314, 2016). Estos iluminados, lejos de fomentar la paz entre los seres humanos, predican el odio y empujan a los hombres a matarse unos a otros, todo ello sobre la base de disputas teológicas absurdas o por pura vanidad. Y es que “los sacerdotes son en general los más bribones de los hombres; los mejores entre ellos son malos con buena fe” (Holbach,412, 2016).

El sistema moral de Holbach ha de basarse en el ateísmo, en una educación libre de prejuicios y consciente de que los hombres siempre van a conceder más importancia a aquello que no comprenden. De ahí que los enigmas deban abordarse con espíritu científico, sin acudir a quimeras. Gráficamente nos dirá que “el ateísmo bien entendido está fundado en la naturaleza y la razón, que no harán nunca lo que hace la religión: justificar y expiar los crímenes de los malvados” (Holbach,480, 2016). Y afirma, contra Voltaire, que “las falsas ideas que tantas personas tienen sobre la utilidad de la religión, a la que consideran adecuada, al menos, para contener al pueblo, proceden del funesto prejuicio de que existen errores útiles y de que las verdades pueden ser peligrosas” (Holbach,485, 2016). No es cierto que la religión pueda servir como herramienta de contención pues “el ateo, por malo que lo imaginemos, hará como máximo lo mismo que el exaltado al que su religión empuja al crimen, que ella transforma en virtud” (Holbach,  494,2016). Lo que sucede es que “los soberanos detestan la libertad de pensamiento porque temen la verdad, esta verdad les parece peligrosa porque condenaría sus excesos” (Holbach,503, 2016).

  En conclusión, y para Holbach, la auténtica moral es la de la naturaleza. Esta moral “es la única religión que el intérprete de la naturaleza ofrece a sus conciudadanos, a las naciones, al género humano, a las generaciones futuras, de vuelta de los prejuicios que han turbado tantas veces la felicidad de sus antepasados” (Holbach,519, 2016).

4.      Conclusiones

A mi juicio, y sin necesidad de compartir la opinión de Jonathan Israel sobre el cambio radical que la publicación del Sistema produjo en el pensamiento de Voltaire, no puede sostenerse la irrelevancia del Sistema de la Naturaleza. Desde mi punto de vista, la importancia de la obra reside en los siguientes extremos:

1) En primer lugar, el Sistema constituye la obra principal del primer filósofo plenamente materialista de la historia, aspecto este que permite afirmar su importancia.

2) En segundo lugar, la radical crítica a la religión, particularmente a la Iglesia Católica, avanza la idea del Estado de Derecho como régimen en el que los poderes públicos están sujetos al ordenamiento jurídico, sin que quepa dar cobertura a situaciones de privilegio o dispensa de ley. Si bien no resulta necesario declararse ateo para defender este sistema político, no puede desconocerse la importancia del declive del poder de la Iglesia como eje vertebrador del Estado de Derecho, de modo que en aquellas naciones que no han logrado superar el carácter confesional de su sistema político, difícilmente existe algo más que arbitrariedad revestida de teología o despotismo. En este punto, considero a Holbach un auténtico visionario, alguien que en su Sistema logró erosionar los cimientos del Áncien Régime poniendo de manifiesto sus debilidades e inconsistencias.

3) Por otro lado, si bien su pensamiento jurídico no reviste un gran interés para la filosofía del derecho, es importante subrayar que su afirmación del interés general a través de la defensa de la propiedad y la seguridad, entronca con las ideas propias de los regímenes liberales de carácter burgués propios del siglo XIX, si bien avanzando, proféticamente, sus debilidades. Y es que, desde mi punto de vista, la importancia que atribuye Holbach a la educación, piedra angular de su sistema moral, permite atisbar ciertos elementos propios de la socialdemocracia, que no niega la desigualdad, pero pretende corregir sus excesos valiéndose, entre otras medidas, de un sistema educativo universal.

4) La religión jamás puede afirmarse como un instrumento útil de control social. Esta afirmación es capital en su Sistema y le enfrenta, sin matices, al pensamiento de Voltaire, quien la defiende como instrumento de contención del pueblo. Creo que no puede dudarse, en la actualidad, de que todo sistema verdaderamente democrático debe abandonar la tentación de utilizar la religión para perpetuar la ignorancia y la servidumbre.

5) Finalmente, su concepción mecanicista del hombre, concebido como necesidad, no deja de situarle, en cierta manera, como un precursor, rudimentario si se quiere, de la moderna neurociencia, particularmente, del materialismo emergentista.

5.      Bibliografía

-Holbach. (2016). Sistema de la naturaleza. Pamplona: Editorial Laetoli.

-Holbach. (2017). El cristianismo al descubierto. Pamplona: Editorial Laetoli.

-Jonathan Israel. (2015). Una revolución de la mente. Pamplona: Editorial Laetoli.

-Michel Onfray. (2010). Los ultras de las luces. Barcelona: Editorial Anagrama.

-Philipp Blom. (2018). Gente peligrosa. Barcelona: Anagrama.

TERRAPLANISMO JURÍDICO

Llamo terraplanismo jurídico a la concepción del derecho, hegemónica en España, que propugna la plena identidad entre el contenido de los códigos y las sentencias judiciales. En forma más simple, el jurista terraplanista es aquel que entiende que los jueces, independientes e imparciales, resuelven de forma ajustada a derecho las pretensiones opuestas de las partes, y que los conceptos subjetivos son corregidos por una supuesta depurada técnica jurídica que posee el juzgador, depurada técnica consistente en una repetición patológica y cuasi inconsciente de preceptos que poseen un único sentido.

El jurista terraplanista es, por encima de todas las cosas, un individuo con fe, educado en la fe y sin capacidad para explorar otros sistemas. Alguien que se desmoronaría si llegase a la convicción de que el derecho, tal y como él lo entiende, nunca ha existido. La fe del terraplanista se cultiva desde la infancia, en escuelas privadas o concertadas cercanas a la Iglesia Católica, firme defensora del privilegio de unos y la subordinación de la gran mayoría. Iguales ante los ojos del Señor, desiguales ante los del Príncipe. Así, el primer objetivo de la educación terraplanista es la obediencia ciega al sistema. Consiste en amputar la capacidad de razón del niño para sustituirla por la creencia en el absurdo. Un buen niño terraplanista debe aceptar la existencia de milagros inexplicables para, pasados los años, aceptar la existencia de un sistema jurídico inexplicable.

El joven terraplanista llega a la universidad aceptando los binomios riqueza-bondad, pobreza-maldad, sin plantearse jamás el origen de una y de otra. Convencido de que la justicia es aquello que beneficia al poderoso y que, consiguientemente, coincide con los preceptos de los códigos que estudia, el aplicado terraplanista aspira a convertirse en un respetado juez, fiscal o jurista de la Administración. Repetir, repetir y repetir, como los soldados en las maniobras militares, hasta ver anulada su voluntad. Cuanto más exacta sea la repetición, mejor puntuación obtendrá en los exámenes. El más perfecto opositor es el que alcanza el mayor grado de obediencia ciega.

Sobre este esquema se reproduce un sistema jurídico patológico al servicio de una minoría, perpetuando situaciones de poder basadas en un discurso mendaz. La justicia, presuntamente ciega, casi siempre acaba posando sus reales sobre la cabeza de los débiles.

Este blog aspira, desde una posición marginal, a confrontar ideas con el paradigma dominante para demostrar su iniquidad e inconsistencia. No se escribe ni a favor ni en contra de personas concretas sino a favor y en contra de ideas concretas.

GENTE EXTRA TIERRA PLANA