CARLOS RUIZ DE TOLEDO: EL LETRADO REVELACIÓN

      No lo conocí el mismo día que llegó. Tampoco al día siguiente. Es el triste destino de los letrados de la Seguridad Social del INSS de Barcelona, obligados a defender un sistema colectivo de pensiones desde el más absoluto individualismo. De modo que la primera referencia que tuve de él fue a través del informático responsable de nuestro equipo, un licenciado en Bellas Artes. “Oye, ¿sabes que tienes un compañero que es descendiente del Conde de Orgaz?” “¿conoces el cuadro “El entierro del Conde de Orgaz”, de “El Greco”?  No debió verme entusiasmado con la noticia. Las personalidades jurídicas medievales no forman parte de mi círculo de preferencias. Pero rápidamente me aclaró, “parece un tipo normal y abierto”.

  En efecto, desde que tuve el placer de conocerlo, no vi en él rasgos de soberbia y presunción. Es más, rápidamente se apuntó a nuestra peña quinielística, con David Castell y Mónica Jairala, una empleada de la limpieza. Pocos días después, quiso acompañarme a los juicios y ambos no sentamos en el estrado. Despierto, moviendo la cabeza de un lado a otro, fijándose en los documentos que conformaban la prueba del adversario; sonriendo unas veces, pensativo en otras, a Carlos se le notaba que por sus venas corría la sangre de letrado confrontador, de los que siempre guarda una última bala en la recámara.

  Por otro lado, Carlos no tardó en darse cuenta de que la defensa de un INSS como el de Barcelona requería de la emisión de juicios críticos sobre los documentos médicos de la parte contraria, en demasiadas ocasiones irregulares, en demasiadas ocasiones pagados por abogados de la parte demandante con el objetivo de lucrar prestaciones de Seguridad Social, en ese lodazal administrativo-judicial que tanto debería avergonzarnos a todos, incluidos algunos Magistrados de lo Social de Barcelona.

  En esta línea de pensamiento, debo decir que a Ruiz de Toledo siempre le salió la vena aristocrática en los pleitos en los que se sintió engañado, en esas pocas ocasiones en que mostrarse “chulo” y distante puede ser una virtud. Ahí no perdonó, hasta el punto de que uno de los clásicos peritos médicos mercenarios le retiró el saludo. ¡Qué grande eres Carlos! ¡a mí todavía me saluda! Y así, con el paso de las semanas se fue consolidando como un letrado revelación, como alguien capaz de rendir por encima de lo esperado. Hasta que se resolvió el concurso y, sorprendentemente, le adjudicaron una plaza en Madrid. Una pena. En los sistemas administrativos encanallados tener a gente como Carlos en la plantilla es una garantía.

  Lo echaré de menos, pues con él se va un letrado comprometido, discutidor, aguerrido a veces, incómodo siempre para el rival. Buen compañero y mejor amigo. Una ganancia personal, una gran pérdida profesional para mí.

  MUCHA SUERTE AMIGO

DAVID CASTELL: EL LETRADO SABIO

Si el anterior artículo lo dediqué a Laura, la “letrada coraje”, este va por David Castell. No exagero si afirmo que con David se va del INSS de Barcelona uno de los letrados más sabios, quizá, que haya pisado la ciudad en décadas. De hecho, una vez me vi a mí mismo especulando con la posibilidad de que, en un día no muy lejano, David descubriera alguna falla en el sistema. Lo imagino humilde, levantándose de su mesa y diciéndome: “oye Condis, creo que llevamos 40 años calculando mal las bases reguladoras de la pensión de jubilación”.

A David nada le viene grande porque su inteligencia le alcanza para comprender cualquier enigma que se le plantee. Además, cuenta con una virtud muy apreciable de la que yo siempre he carecido, la diplomacia no exenta de contundencia cuando plantea sus desacuerdos. Un gran dialéctico tranquilo. De los que deja en evidencia a quienes argumentan utilizando subterfugios.

David se sienta en su mesa concentrado, pero pronto los compañeros empezamos a importunarle con preguntas. Que si la última sentencia sobre el caso X, si el criterio Y, que si Z estaba resuelto por el Tribunal Supremo… Y él, sin perder la calma, como un viejo profesor, va repartiendo conocimiento. A veces, su tono de voz se eleva ligeramente. Es su modo de decirle al preguntante que esa pregunta es improcedente, que es algo que quien pregunta debería saber.

Cuando tengo dudas sobre la racionalidad de alguno de mis planteamientos, o sobre el grado de certeza de algunas de mis afirmaciones, cotejo con él la cuestión y, si muestra argumentos en contra sopeso seriamente mi posición inicial. Me recuerda a uno de aquellos sabios de las comunidades ancestrales que habitaron el planeta hace miles de años. Mirada fija, concentración, serenidad, un grado de seguridad coherente, evitando siempre los absolutos que imbuyen de soberbia al ser humano.

David ha sido mi leal compañero de batalla. Su ojo clínico, azote de médicos corruptos. Su marcha es un cambio de era, un Barça sin Messi, un Madrid sin Cristiano. Alguien insustituible. Se va orgulloso de su trabajo. Quizá, con el regusto amargo con el que suelen despedirse los sabios incomprendidos o cuyos argumentos han sido parcialmente ignorados. Pero marcha más sabio, consciente del precio que pagan quienes, desde la valentía y la honestidad, se atreven a pensar por sí mismos.

ERES EL MEJOR, TE ECHARÉ DE MENOS…

LAURA GONZÁLEZ: LA LETRADA CORAJE

Corren tiempos de mudanza en el Instituto Nacional de la Seguridad Social de Barcelona. Serán varios los letrados que, en los próximos meses, nos abandonen hacia destinos más cercanos a su tierra. Sana envidia. Creo que, hoy en día, el INSS de Barcelona no es un buen destino para un letrado.

Lamentaciones al margen, me gustaría dedicar este artículo a Laura González, una de las que migra. Todavía recuerdo a Laura cuando llegó en mayo de 2016, con su aire juvenil y despreocupado, vistiendo todavía como suelen hacerlo los opositores hijos de la clase trabajadora, es decir, con la sencillez a la que obliga la escasez de dinero. Llegó bulliciosa, con ganas de aprender. Intuyo que lo primero que debió pensar de mí, el enérgico Condis, es que, al margen de ser un tipo extravagante, el tal Condis “bailaba” los juicios al ritmo que a ella le gustaba, es decir, con dinamismo y garra, evitando a toda costa que cuatro listos defraudaran al Sistema de Seguridad Social. Sin esquilmar la confrontación, a cara de perro, apuntando los nombres de médicos que, por su inusual aparición en los juzgados, forman parte de la lista de presuntos médicos corruptos sujetos a investigación, cada vez con más intensidad.

A Laura siempre logré sacarle una sonrisa, cuando no una carcajada, singularmente el día en que le conté que una juez había parado la grabación de un juicio porque una gota de sangre empezó a caer por mi frente (me acababan de extirpar un quiste sebáceo el día anterior). Y ella debió de imaginarse la escena y no se pudo contener. “Puto Condis”, pensó, parar un juicio porque al letrado de la Seguridad Social le sale sangre de la cabeza en el turno de contestación a la demanda. Eso no lo consigue nadie.

Laura siempre trabajó con denuedo, sin escatimar horas. Sus recursos de suplicación y sus informes han sido un ejemplo de interés por la “cosa pública”. Meticulosa y defensora de una justicia social que no deje grietas para la estafa, su trabajo en la persecución de conductas irregulares ha sido un referente. En nuestra intranet, una carpeta creada por ella exhibe informes como modelo. Con su trabajo se han conseguido cosas importantes que un blog público no puede revelar. También es verdad que quedan muchas otras que, por el momento, no se han materializado. Tiempo al tiempo.

Laura González Martínez, la letrada coraje, deja en mí una profunda huella, la huella que dejan quienes con su pundonor y dignidad se erigen como ejemplo a seguir en el camino hacia una justicia social que expulse la picaresca y el delito.

TE ECHARÉ DE MENOS…

 

 

 

 

 

LETRADOS DEL SHOW DE TRUMAN

En los sistemas administrativos fallidos, concepto que apuntaba en mi artículo anterior, los órganos administrativos no cumplen con las funciones que les vienen atribuidas o, lo que es peor, hacen ver que las cumplen. Esta situación me recuerda, con una ironía no exenta de decepción, la famosa película “El Show de Truman”, un “reality show” que sacrifica la vida de Truman para entretener a millones de ciudadanos ávidos de emociones.

Algo similar sucede en el ámbito del Instituto Nacional de la Seguridad Social de Barcelona, y más concretamente, en su servicio jurídico, donde el 80 por ciento del trabajo gira en torno a la defensa del Sistema de la Seguridad Social frente a pretensiones, no siempre legítimas, de acceso a prestaciones de incapacidad permanente. Un desajuste competencial notable, “Subdirecció General d´Avaluacions Mèdiques” mediante, consistente en un déficit de coordinación que cabe situar en los más notables extremos del cinismo, aboca a los letrados de la Seguridad Social a realizar una mala defensa de los intereses de la Entidad.

Toda defensa de un Sistema de Seguridad Social requiere, junto a notables dosis de sentido común, una buena información. Si se producen graves fallos de transmisión de información, por mala fe, dejación o motivaciones políticas, el letrado de la Seguridad Social se convierte en un mero actor, obligado a la interpretación, dado que la defensa le resulta imposible.

Cuando la irregularidad en la emisión de informes médicos, irregularidad que cuenta con décadas de antigüedad, no es combatida por los órganos administrativos de la sanidad pública catalana con la debida contundencia, defendiendo así, como afirmo siempre, a los ciudadanos que se levantan a las seis de la mañana para ir a trabajar. Cuando la vanidad, el prurito o la mera defensa de intereses personales aumenta en millones de euros el gasto en incapacidades permanentes. Cuando el letrado no se rebela frente a la dilapidación de recursos públicos. Cuando, en definitiva, prima la interpretación frente a la defensa, los letrados pasamos a formar parte de un reparto, tras un casting llamado oposición. Somos letrados del “Show de Truman”, siempre dispuestos a pasear nuestros trajes, peinados y vestidos por el plató de los Juzgados de los Social.

A LOMOS DE UN SISTEMA FALLIDO

En los últimos tiempos se ha puesto de moda hablar de España como un “Estado fallido”. Conceptualmente, “estado fallido” sería aquel en que se produce una erosión de la autoridad legítima en la toma de decisiones y en el que existe incluso pérdida del monopolio en el uso legítimo de la fuerza. No es el caso, España no es un estado fallido sino un “sistema administrativo fallido”, singularmente en determinados territorios. La diferencia es importante, en el “sistema administrativo fallido” se produce una erosión en la capacidad de gestión de los asuntos, pero la autoridad política permanece intacta.

En los últimos meses se puso de manifiesto que el Sistema administrativo de la Seguridad Social, con ocasión de la pandemia COVID-19, presentaba un déficit notable para atender las demandas legítimas de los ciudadanos, y así fue reflejado en diversos medios de comunicación. Cierto. Yo mismo escribí un artículo en este blog dando mi opinión. No obstante, ningún medio fue capaz de denunciar la otra cara del “sistema fallido”, es decir, si un sistema no es capaz de dar respuesta a las demandas legítimas de los ciudadanos, probablemente tampoco sea capaz de combatir las peticiones mendaces o fraudulentas.

En efecto, el fraude en el ámbito del SEPE y TGSS es una constante. También en el ámbito del Instituto Nacional de la Seguridad Social, donde llama la atención la impunidad con la que algunos ciudadanos obtienen, fraudulentamente, prestaciones de incapacidad permanente, singularmente en Barcelona, donde una desafortunada estructura administrativa atribuye funciones de “evaluación médica” a un organismo, “la Subdirecció General d´Avaluacions Mèdiques”, que ha demostrado, sobradamente, que carece de calidad técnica y medios para gestionar su competencia, llegando a ser criticado, incluso, en una sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona en un proceso penal derivado de fraude de prestaciones.

En este contexto, en el que los letrados de la Seguridad Social de Barcelona cabalgamos a lomos de un “sistema administrativo fallido”(sin que a algunos de ellos les importe demasiado), los chistes arrecian y expresan mejor que cualquier análisis técnico la situación.

Uno de ellos cuenta que el lugar donde se cometen mas delitos en Barcelona, durante las mañanas, es el edificio de los Juzgados de lo Social. El chiste, todo hay que decirlo, viene completado, mordazmente, con sutiles o groseras referencias a los jueces, cuya perspicacia es puesta seriamente en duda. El otro chiste, más político, dice que a Puigdemont no lo logrará encarcelar ninguna autoridad judicial ni política residente en Madrid, pero que, quizá, pueda venir de vuelta el día en que a alguien se le ocurra destapar los sórdidos engranajes con los que funciona el sistema sanitario catalán.

En fin, lo dicho, que los letrados de la Seguridad Social en Barcelona cabalgamos a lomos de un “sistema administrativo fallido”.

MENOSPRECIAR A LOS CIUDADANOS

“Llega un momento en la historia en el que quien se atreve a decir que dos y dos son cuatro está condenado a muerte. Bien lo sabe el maestro” (Albert Camus)”.

Llevo tiempo denunciando los graves problemas que se producen en numerosos organismos de la Administración española. La falta de profesionalización, la presencia de nepotismo, el amiguismo indisimulado en la mayoría de nombramientos de libre designación, junto con el defecto de interiorización del concepto “plaza en propiedad” que tenemos los empleados públicos, constituyen ingredientes más que suficientes para configurar un déficit administrativo notable.

En este contexto, la pandemia provocada por el SARS-COV-2 posee el potencial suficiente para acabar de romper las costuras de muchos órganos administrativos, cuyas dificultades en tiempos de normalidad eran ya evidentes. Durante la última semana, en Barcelona, los ciudadanos que se acercan a preguntar por sus asuntos de Seguridad Social, ante el bloqueo de las citas previas y la desinformación sobre los canales de internet, se sienten menospreciados. Retenidos en las puertas del Instituto Nacional de la Seguridad Social por los vigilantes de seguridad, tienen la percepción de que son tratados como delincuentes, no como ciudadanos de un Estado de Derecho. Ningún empleado público competente se acerca a la entrada para darles alguna explicación, nadie les hace caso, excepto los vigilantes, quienes cada vez más desbordados, se limitan a llamar por teléfono a los “Mossos d´Esquadra”. Así, el ciudadano, denigrado, cuando observa esta actitud, se enfurece todavía más.

Hoy la situación estaba a punto de desbordarse cuando, una vez cruzado el vestíbulo, mis reflejos me han llevado a dar media vuelta y dirigirme hacia el cordón de seguridad. La idea de ver a una señora de 65 años por los suelos o a un prejubilado cayendo sobre el pavimento de mala manera ha acudido a mi mente. Creo que acabará pasando, pero cuando menos, puedo decir que hoy no pasó. Tranquilicé a los ciudadanos y les facilité un enlace. Fui consciente de que solo necesitaban que alguien se preocupara de ellos, que no los dejaran tirados a las puertas del Instituto Nacional de la Seguridad Social. También fui consciente, a posteriori, de que no me tocaba a mí estar allí y, hasta cierto punto, entendí que la dirección provincial me invitara a no volver a hacerlo. Al fin y al cabo, no está en mi cargo, ni es mi función. Pero también entendí que estamos cayendo en barrena y que quienes tienen responsabilidades no pueden cubrirse detrás de las espaldas de unos vigilantes de seguridad y de unos “mossos”. Hacerlo es muestra de cobardía o de un elitismo decimonónico. Ni es justo, ni es presentable. Es una completa vergüenza.

 

 

 

MUNDO JURÍDICO Y COVID-19

En la crisis del COVID-19 el mundo jurídico está reaccionando como era de esperar, es decir, manifestando su inoperancia y su consabida dosis de irrealidad. La teoría imperante, la “iuriscéntrica”, que afirma que el derecho se sitúa en el centro y la sociedad, la economía, la política, la ciencia y demás planetas de conocimiento dibujan órbitas desiguales a su alrededor, impide que el derecho y sus operadores jurídicos sean capaces de dar respuesta a las distintas realidades sociales. Nada nuevo bajo el sol. Propuestas, contrapropuestas entre los grupos dirigentes, con escasa o nula participación de quienes de verdad conocen ese mundo jurídico, es decir, quienes se baten el cobre cada día en los juzgados. Grupos rectores, de impronta “precopernicana”, que parecen no haber advertido que el derecho es una disciplina de conocimiento que orbita alrededor de la sociedad y sus necesidades, generan un inmovilismo que, en esta concreta crisis, se manifiesta en una paralización de la justicia que no tiene precedentes. Mientas el papel se amontona en los juzgados y jueces y letrados de las distintas administraciones permanecen en sus casas de brazos cruzados a cambio de cobrar la nómina entera, muchos ciudadanos y numerosas empresas esperan con ansiedad sus juicios, la resolución de sus conflictos. Mientras la dirigencia discute las más que nunca vacuas solemnidades que deben reunir las reformas de agilización procesal, la sociedad espera respuestas, no ritos. El derecho no es una liturgia, no es una misa de domingo por la mañana basada en la fe sobre sistemas imaginarios, sino una necesidad operativa tangible que pivota sobre realidades concretas.

De todo ello se desprende que el derecho lleva un retraso de aproximadamente cinco siglos sobre la astronomía. Un retraso que sería preocupante si existiera una conciencia sobre la problemática pero que, no existiendo tal conciencia, cabe reputar como trágico. Al mismo tiempo, los Copérnicos y Galileos que denuncian una y otra vez las gravísimas carencias del mundo jurídico, son quemados en la hoguera de la irrelevancia, preteridos frente a los sacerdotes ptolemaicos, guardianes de las esencias, o, lo que es lo mismo, guardianes de un sistema jurídico erróneo que solo sirve para proteger sus sotanas, es decir, sus privilegios.