DAVID CASTELL: EL LETRADO SABIO

Si el anterior artículo lo dediqué a Laura, la “letrada coraje”, este va por David Castell. No exagero si afirmo que con David se va del INSS de Barcelona uno de los letrados más sabios, quizá, que haya pisado la ciudad en décadas. De hecho, una vez me vi a mí mismo especulando con la posibilidad de que, en un día no muy lejano, David descubriera alguna falla en el sistema. Lo imagino humilde, levantándose de su mesa y diciéndome: “oye Condis, creo que llevamos 40 años calculando mal las bases reguladoras de la pensión de jubilación”.

A David nada le viene grande porque su inteligencia le alcanza para comprender cualquier enigma que se le plantee. Además, cuenta con una virtud muy apreciable de la que yo siempre he carecido, la diplomacia no exenta de contundencia cuando plantea sus desacuerdos. Un gran dialéctico tranquilo. De los que deja en evidencia a quienes argumentan utilizando subterfugios.

David se sienta en su mesa concentrado, pero pronto los compañeros empezamos a importunarle con preguntas. Que si la última sentencia sobre el caso X, si el criterio Y, que si Z estaba resuelto por el Tribunal Supremo… Y él, sin perder la calma, como un viejo profesor, va repartiendo conocimiento. A veces, su tono de voz se eleva ligeramente. Es su modo de decirle al preguntante que esa pregunta es improcedente, que es algo que quien pregunta debería saber.

Cuando tengo dudas sobre la racionalidad de alguno de mis planteamientos, o sobre el grado de certeza de algunas de mis afirmaciones, cotejo con él la cuestión y, si muestra argumentos en contra sopeso seriamente mi posición inicial. Me recuerda a uno de aquellos sabios de las comunidades ancestrales que habitaron el planeta hace miles de años. Mirada fija, concentración, serenidad, un grado de seguridad coherente, evitando siempre los absolutos que imbuyen de soberbia al ser humano.

David ha sido mi leal compañero de batalla. Su ojo clínico, azote de médicos corruptos. Su marcha es un cambio de era, un Barça sin Messi, un Madrid sin Cristiano. Alguien insustituible. Se va orgulloso de su trabajo. Quizá, con el regusto amargo con el que suelen despedirse los sabios incomprendidos o cuyos argumentos han sido parcialmente ignorados. Pero marcha más sabio, consciente del precio que pagan quienes, desde la valentía y la honestidad, se atreven a pensar por sí mismos.

ERES EL MEJOR, TE ECHARÉ DE MENOS…

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